Publicado en En Libros

Soliloquio desesperado sobre “Bajo la misma estrella”

No vi “La Vida es Bella”, tampoco leí “El niño del pijama de rayas”. Evito con precisión casi quirúrgica cualquier trabajo de ficción que pueda deprimirme. ¿Por qué? Simplemente porque mi realidad es demasiado deprimente para aderezarla con tristezas que provengan fuera del mundo real.

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Déjeme aclararles. No me va mal en la vida, a nivel personal, pero en líneas generales la cosa no pinta bien. Estoy en un país donde la gente vive por Twitter porque es demasiado peligroso vivir en una forma que no sea virtual; donde la violencia cobra la vida de decenas de personas cada día e inevitablemente en algún momento le toca a alguien que conoces, o al familiar o amigo de alguien que conoces. Aquí corremos cuando el papel de baño llega a algún supermercado y hacemos largas colas para comprarlo porque no siempre hay, lo mismo sucede con el azúcar, la leche, el café, etc. Si deseamos viajar, tenemos que pedirle permiso al Gobierno para que, si así los desea, nos permita comprar moneda extranjera (la cantidad que él desee, no la que nosotros queramos) porque nuestro Bolívar no es una moneda de cambio internacional. Si queremos comprar algo por Internet en una moneda que no sea la nuestra, el Gobierno nos asigna una cantidad anual, es eso y nada más, así que hay que administrarlo. Pierdes dos meses de tu vida al año en atascos de tráfico y cuando estás en esos atascos cualquier motorizado que no encuentre un espacio por dónde pasar paga su rabia dándole patadas a tu carro (me ha pasado) o rayando tu carrocería porque tienes la mala suerte de estar en el mismo atasco que él y no puedes hacer nada. Venezuela es un país que en lo que va del año la inflación alcanza el 25%  (en cifras oficiales, vaya a saber Dios cuáles son las reales) por lo que hay que tener más de un trabajo si quieres comer carne regularmente (si es que la consigues).

Es cuestión de preservar la sanidad mental. Hay que evitar deprimirse de gratis.

Eso no quiere decir que, contrario a lo que mis amigos creen (quienes por cierto me llaman “corazón de perro muerto”), no llegue a ponerme algo “emocional” con algunos libros. Derramé unas cuantas lágrimas silenciosas cuando Rue murió en “Los Juegos del Hambre”, y unas cuantas más al final de “La Princesa Mecánica” porque era tan hermoso y triste al mismo tiempo que no podía ser de otra manera.

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En este punto todos se estarán preguntando ¿qué rayos haces leyendo “Bajo la misma estrella” de John Green?…la cosa empezó así:

Tuve mi primer encuentro con John Green el pasado diciembre cuando, debido a que todo el mundo hablaba de él, leí “Buscando a Alaska”. Cuando lo terminé me encogí de hombros. Era triste, deprimente, pero no en una manera que te quebrara el alma. No me interpreten mal, es un libro perfectamente escrito, que nos lleva a través de todas las etapas del duelo de forma magistral (además cita muchas veces “El General en su Laberinto” de García Márquez y sólo eso era maravilloso)  pero no me hizo “tilín”. En ese momento decidí que John Green no era para mí. Punto.

Sabía de las existencia de “Bajo la misma Estrella” pero no estaba en mis planes leerla. Y no me refiero a ese tratamiento masoquista que algunas veces tenemos con los libros. Sé que voy a leer Siege and Storm (The Grisha 2) de Leigh Bardugo, sólo estoy demorando mi gratificación, buscando el momento indicado para consumirlo como aire y lamentarme luego por haberlo leído en un día y volver a empezar. Con “Bajo la misma Estrella” no había nada de eso, simplemente no me interesaba.

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Luego llegó el Comic Con (siempre hay que culpar al Comic Con) y me enteré que estaban haciendo una película con la misma chica de Divergente. En ese momento me di cuenta que el libro estaba en oferta en Amazon. ¡Sólo $4! Aún así no lo compré. Es la mitad de lo que cuesta Siege and Storm y, como ya les mencioné, el Gobierno me asigna una cantidad anual para comprar libros por Internet y no iba a desperdiciar $4 en un libro que no quería que me podían servir para pagar la mitad de otro que sí quería leer.

Entonces llegó mi hermana, quien como no tiene un vicio de libros, le queda más que a mi es su asignación gubernamental para compras por Internet, a pedirme que la ayudara a comprar unos zapatos en Amazon. Hicimos la compra y, sonriéndome, me dijo :”¿no quieres un libro? Yo te lo compro”.

El demonio que tentó a Fausto es un amateur al lado de mi hermana.

Ella me ha comprado 5 libros en lo que va de año, libros que no se consiguen en Venezuela y que me  trae del exterior cada vez que va en un viaje de trabajo. Así y todo, allí estaba ofreciéndome comprarme otro con su limitado cupo que podía usar para comprarse cosas para ella o para su hijo. No quería decirle que no a un ofrecimiento nacido de su naturaleza generosa, pero tampoco quería ser una abusadora y comprar uno de $10, así que, como estaba en oferta, “Bajo la misma Estrella” fue.

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Cuando iba por el 30% del libro ya lo sabía. John Green nos voltearía la tortilla y no sería Hazel, sería Augustus. La cosa no pintaba bien.

Al 50% del libro supe que iba a llorar pero, debido a mi encuentro anterior con Green, estaba curiosa sobre qué tipo de llanto sería y si el autor concentraría toda la carga emocional al final o si la iría soltando poco a poco como veneno en el aire para los inocentes y crédulos lectores.

El momento finalmente llegó, aproximadamente al 65% del libro: Allí estaba yo, parada en medio de un pasillo en un hotel de Amsterdam con un siempre articulado Gus quedándose repentinamente mudo para luego dar una tímida explicación sobre su pierna. Punto de quiebre. Se abrió el grifo, o más bien dicho se rompió, y comencé a llorar con rabia, con amor, con esa tristeza que sólo te puede dar la combinación de esos dos sentimientos y que se te queda en el alma como una astilla enterrada en la planta del pie que duele aún cuando el pinchazo  inicial ha pasado.

No lloraba de esta forma desde que Beth (Mujercitas) murió y Laurie y Jo no terminaron juntos. Claro, en aquel entonces era una niña y podía permitirme decir “no es justo” en una situación que no era real. Recordé a mi mamá escondiéndome un disco donde había una canción infantil llamada “Mi amigo Felix”, unos cuantos años antes, porque me hacía llorar con sollozos incontrolables y gritar que “no era justo”. Y allí estaba otra vez, toda una niña de cinco años.

He odiado a autores antes por hacer cosas que crean una fisura en mi corazón. Al final de Unspoken creí que Sarah Reen Brennan tenía algún tipo de tendencia sádica, pero ese odio no era ODIO, era más bien envidia por la forma en cómo logro hacerlo. Descarté “Juegos de Trono” después del primer libro porque era terrible lo que ese señor hacía con los Stark (los buenos merecen ganar alguna vez, no irse muriendo todos poco a poco). Creo que la forma en que Suzanne Collins acabó con Finnick fue pueril. El chico debía irse con grandes gestos y grandes palabras. No merecía estar en este párrafo y en el siguiente no, como si nada. Pero Sinsajo es un libro que no me emocionó para nada (en ningún momento) y no puedo molestarme seriamente con Collins porque los dos libros anteriores son magistrales.

Pero John Green…John Green..he cerrado el libro hace un par de horas, no estoy segura si lo terminaré y aún así es la una de la mañana y no puedo dormir pensando en todas las cosas que quiero decirle, y no son cosas lindas.

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Solía pensar que si un genio se me aparecía y me preguntaba con quién querría quedarme atascada en un ascensor, mi respuesta invariablemente sería David Beckham. Ya sé por dónde van sus mentes, pero no. No voy a hacerle ESO a David Beckham ¡Es un señor casado por todos los cielos! Sólo quiero hablar con él, preguntarle la verdadera razón de dejar el fútbol europeo e irse a Los Angeles cuando aún le quedaba tanto. Hablaría de sus magistrales centros, de cómo nos salvó en su breve paso por el Milan, esperaría que me encontrara inteligente mientras me concentro en la forma que tiene su mandíbula (¡soy humana!) y al final le preguntaría si está arrepentido de haber terminado una carrera tan prometedora de forma tan paupérrima.

No obstante, en este momento, si el genio de la lámpara apareciera le diría que quiero estar en ese ascensor con John Green y no tiene nada que ver con su mandíbula. Quiero decirle todo lo que pasa por mi mente  ahora y preguntarle de forma acusadora si se ríe frente a su computadora mientras encuentra la frase adecuada y la situación perfecta para destrozarnos de una manera de la que será prácticamente imposible recobrarnos.

¿Por qué haces esto John Green? …no me simpatizas.

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3 comentarios sobre “Soliloquio desesperado sobre “Bajo la misma estrella”

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