Publicado en Cuatro días en Londres

Extra Cuatro días en Londres

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Prometí que publicaría una entrevista con Vadim Chekov si “Cuatro días en Londres” alcanzaba los 100 días en el Top 100 de amazon.es. La verdad es que entrevistar a Vadim resultó complicado. Él no es muy comunicativo y si bien la sesión de preguntas y respuestas con Sergei fue divertida, la de Vadim me estaba sacando canas verdes.

Intenté hacer una entrevista más amplia, que no fuera solamente preguntas y respuestas, pero el problema es que Vadim ha evolucionado, ya no es el mismo y si les doy un pedazo del Vadim actual, pues no lo entenderían y, en este momento, no puedo volver al Vadim de antes porque crearía un pasticho en mi cabeza que me impediría avanzar en lo que estoy haciendo.

Así que busqué en mis archivos y recordé que, como Vadim fue un personaje que surgió de repente mientras escribía “Cuatro días en Londres” tuve que hacer unas cuantas escenas desde su punto de vista para entenderlo un poco más.

A continuación una parte de esta escena. Debo advertirles que la escena, por tratarse de un ejercicio, no está editada y, además, puede contener Spoilers:

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— Bueno días, señor.

Mi primer impulso fue contestar “¿qué tienen de buenos?”, pero a fin de cuentas la culpa no era de Polina y no se trataba de un día malo per se. Sólo era un día como cualquier otro. Levantarse temprano, nadar un par de horas y encarar una mañana de reuniones, llamadas telefónicas, correos por contestar y negocios por cerrar.

— Ya le envié a su teléfono la agenda del día de hoy — prosiguió ella con su tono políticamente correcto —. Está libre a partir de las seis. Recuerde que hoy es el estreno de Onegin con el señor Petrov en el Convent Garden. ¿Va a llevar a alguien?

¡Mierda no!, fue la primera respuesta que me vino a la mente. Menos mal que llevaba años entrenando para que nada se notara en mi cara, de lo contrario la expresión de horror hubiese aterrado a mi imperturbable asistente.

Sólo pensar en otra cita me hacía considerar la opción del celibato. Ya había tenido suficiente de mujeres maquilladas y llenas de perfume cuyos ojos calculadores se posaban en mi ropa, mi reloj y mi coche al tiempo que sus mentes trataban de hacer una aproximación a los ceros en mi chequera. Eso no era lo peor. La parte más desagradable  tenía que ver con ese esfuerzo bilateral por ser educados, inventar un tipo de conversación casual. Todo era tan forzado.

¿Es que en este mundo no quedaban mujeres simples? ¿Sinceras? Con las que pudieras conversar sin tapujos y decirles “quiero que darte un orgasmo y que me ayudes a tener uno” sin que un falso sentido de moral les hiciera abofetearte.

Algunas veces entendía a Sergei: salir, escoger a alguien en un bar y liberar un poco de tensión sin mayores compromisos. Ese tipo de mujeres soportaba ese discurso, soportaban casi todo lo que quisieras hacer con ellas, el problema era que a mí no me gustaban en lo más mínimo.

¿Cuánto tiempo tenía que no me acostaba con una mujer? Demasiado, y la forma en que mi erección me saludaba cada mañana mientras me duchaba era mejor que un calendario para recordarme el paso del tiempo. Aunque intentaba resolver el asunto con mis propias manos, esos orgasmos eran vacíos porque la fantasía no tenía una cara ni una voz.

No obstante, el sólo hecho de dejar entrar a alguien en mi casa, en mi vida, en mi espacio, estaba fuera de toda discusión y el sexo anónimo para las personas como yo, nunca permanecía anónimo por mucho tiempo y en la mayoría de los casos tampoco para Sergei.

Cuando lo conocí me recordó tanto a Daniil. No en lo físico, sino en el impulso autodestructivo que parecía guiar su vida y si no había estado ahí para mantener respirando a mi hermano, al menos haría ese trabajo por Sergei.

Definitivamente Freud tendría un día de campo con toda mi actitud para con el muchacho, pero la psicología nunca había sido lo mío.

— ¿Ya Sergei salió para el Teatro?

— No señor — contestó Polina en ese tono de ella que se parecía tanto a la vida dentro de la cual me protegía: educada, ordenada y sin estridencias —. El señor Petrov llegó cerca de las dos de la mañana, acompañado, —para variar parecía ser la frase obvia, aunque Polina era demasiado profesional para hacer la acotación— y aún no ha dejado su departamento, ni ella tampoco.

Sí, definitivamente un día como cualquier otro, que invariablemente comenzaba con sacar la basura del apartamento de Sergei y poner al muchacho en la ruta para otra jornada más respirando. Tal vez si seguía esta rutina por suficiente tiempo él podría darse cuenta de que estaba desperdiciando su talento y su juventud.

— Voy a bajar, dile a Mikhail que te lleve a la oficina y tenlo todo listo para cuando yo llegue.

No esperé respuesta, no hacía falta. Mis mañanas, y las frases que en ellas se intercambiaban, eran invariablemente las mismas y no dudaba que al abrir la puerta del apartamento de Sergei encontraría los escenarios usuales: Una mujer seguramente voluptuosa –  senos falsos que cabrían perfectamente en una fuente de ensalada, extensiones en el cabello y el maquillaje corrido – durmiendo enredada con Sergei en la cama y una bruma de olor a alcohol y humo flotando sobre ellos o, escenario número dos, Sergei y la mujer voluptuosa dándose los buenos días en una ruidosa sesión de sexo en el sofá, el piso, o la encimera de la cocina. Eso sí, con una botella de vodka a la mano para mantener el asunto entretenido.

Jamás esperé  que al abrir la puerta me encontraría con el extremo opuesto de lo que Sergei diariamente consumía, y no me refería a las bebidas espirituosas, aunque si trataba de hacer algún paralelismo, ella era jugo de naranja en vez de vodka, mocacchino con doble espuma en vez de ginebra.

Era preciosa en una manera absolutamente convencional, fresca, sin esfuerzo. Como añadidura, estaba completamente vestida y su ropa era normal, no del tipo que busca ofrecer la mercancía. Estaba totalmente fuera de lugar.

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