Publicado en Una Sonata para ti

Dentro de la mente de Sorel

sorelSorel Anglin es el nombre la protagonista de mi novela “Una sonata para ti”. A diferencia de Marianne de “Cuatro días en Londres”, Sorel no es alegre ni divertida. Incluso a través de las páginas de la novela puede parecer enigmática y hasta un poco antipática o fría. En el fondo Sorel es aún una niña y vive con miedo. Es ese miedo la que la impulsa a apartar a todos, a no aprovechar su talento y a poner a sangrar el corazón del siempre querido Andras Nagy.

Me metí un momento en la mente de Sorel y esto fue lo que salió (ojo está sin editar y puede contener spoilers).

Sorel nunca llegaba temprano. No era un acto deliberado per se. Simplemente no le veía la utilidad a estar corriendo para alcanzar un destino a una hora que alguien había fijado por motivos arbitrarios. Salía de la cama a cuando  se despertaba y si en el medio de su trayecto el olor de una cafetería o el color del cielo la atrapaba, se detenía a aprovechar el momento sin ningún remordimiento de conciencia.

La experiencia le había enseñado que cada segundo era precioso y que lo ideal era vivir por uno mismo, no por las expectativas de los demás, porque al final, esos momentos eran lo único que era realmente suyo, lo único que se llevaría.

El tiempo era un concepto subjetivo que podría significar distintas cosas de acuerdo a la persona que lo analizara. Para ella sólo una cosa estaba clara: era finito.

Sin embargo, ese día fue la primera en llegar aunque su turno de entrar al salón sería unas cuantas horas después.

Sentada en el suelo, justo al lado de la puerta, no hizo el menor caso a las miradas de reojo que los otros que también esperaban la prueba o  quienes controlaban la audición, le lanzaban. Estaba acostumbrada. Incluso toda la hostilidad que parecía emanar de su piel, que estaba presente en su ropa y en el maquillaje que ocultaba su verdadero rostro, era deliberadamente calculada. No quería a nadie cerca. No quería abandonar ni ser abandonada. La compañía de la soledad era la única que había cultivado y que se esforzaba cada día por mantener.

Por eso controló cualquier sonrisa que tuviese la tentación de asomarse por sus labios ante el solo pensamiento de la persona que encontraría detrás de esa puerta cerrada: Andras Nagy.

Él era la representación de todo lo que ella había querido  ser cuando a los nueve años decidió que tocar el piano era su vida. Más adelante se convirtió en el único acompañante que se había permitido cuando estaba tan asustada que quería gritar y esconderse dentro de un clóset donde las cosas malas no pudieran encontrarla. También Nagy habia sido la única motivación para salir de la cama e ir hasta el piano en esos días que estaba tan cansada que hasta respirar era una tarea titánica.

Claro, él no lo sabía y nunca debía enterarse. Eso requeriría dar demasiadas explicaciones y, lo que era peor, la haría parecer la doble de Glenn Close en esa película antigua donde la mujer cocinaba las mascotas de los hijos del objeto de su afecto.

Además, definitivamente las cosas no eran así.

Él no era el Justin Bieber de su adolescencia perdida. Para Sorel, Andras Nagy era un ícono, no una persona y como tal jamás había soñado con él de una manera romántica. Ayudaba el hecho de que cuando ella tocó su primer Chopin él ya era famoso.

No obstante, ese Dios que era el pianista más reconocido de su generación había demostrado una falla que ella quería corregir: Estaba perdiendo la “magia” de la interpretación. Lograr que Nagy volviera a ser “el pianista perfecto” sería la única buena acción que Sorel tendría tiempo de acometer, el único proyecto de vida que tenía la fuerza para emprender.

Sabía que, tal vez, nunca vería el resultado, pero estaba segura que otra niña que soñara con ser pianista –y que tuviera más oportunidades reales que ella de lograrlo – podría aprovechar la inspiración del pianista que Andras Nagy había sido y que ahora se escondía bajo la técnica más depurada y unas tutorías muy bien publicitadas.

Claro que para tener la posibilidad de descubrir de qué se escondía Andras Nagy –y lo haría pues en eso de esconderse ella era una experta – tendría que acercarse lo suficiente, eso sí, sin dejar que él se acercara demasiado. Ya era suficiente ver la forma en que la miraba Cash, en que la miraban sus padres y su tía. No quería más de esas miradas.

Otra audición acababa de comenzar y otro aspirante tocaba la Rapsodia Húngara N° 2 de Liszt. Por primera vez Sorel pensó que haber elegido esa pieza no era una buena idea. No importaba que la versión en la que había trabajado con Cash durante casi dos semanas no se pareciera en nada a la que los otros estudiantes estaban interpretando. A fin de cuentas, Nagy era húngaro y muy tradicional. Tal vez no apreciaría lo que había hecho con la partitura original de Franz.

— Señorita Anglin, usted sigue — le dijo la secretaria sin dedicarle ni una sonrisa.

Indudablemente tanto ella como el decano, así como el resto de los estudiantes que se habían apuntado para la prueba, pensaban que su presencia allí era sólo una pérdida de tiempo. No los culpaba. Hasta sus compañeros de secundaria habían pensado que quedarse a su lado era una pérdida de tiempo, aunque por razones muy diferentes.

Sorel se levantó, colocó su mochila vieja sobre su hombro y se paró frente a la puerta cerrada.

Si de verdad quería impresionar a Andras Nagy tendría que tocar algo más personal. No para él sino para ella. Ese era el primer paso para demostrarle que si la música no significaba nada para el intérprete, perdería todo sentido para la audiencia.

Tocaría el Scriabin.  No importaba que no tuviera la partitura entre las múltiples opciones que estaban dentro de su morral, tampoco que ese Nocturno la llevara a la época más dolorosa de su vida, al momento en que todas sus ilusiones y esperanzas habían muerto para transformarla en este ser aparentemente sin aspiraciones ni afectos que todos veían, sin tan siquiera imaginar que debajo de la piel aún vivía una niña aterrada que en medio de su miedo  había decidido no dañar a nadie con su ausencia.

— ¿Va a entrar? — le preguntó la secretaria con hastío.

Sorel volteó a verla y se pintó en el rostro esa sonrisa peligrosa que usaba con escudo, esa que parecía decir “si me sigues molestando voy a comerte viva”. La mujer palideció levemente y volteó la mirada.

Sorel respiró profundamente y abrió la puerta.

Si había podido engañar a todo el mundo durante cinco años haciéndoles creer que nada le importaba, bien podía hacer ahora un esfuerzo extra y entrar en ese salón como si audicionar para Andras Nagy fuese un paseo en el campo. A fin de cuentas no todo era actuación. Cuando lo único que puedes esperar de la vida es la muerte nada de lo que pasa mientras respiras es tan trascendente.

“Alégrate Sorel, vas a conocer a Andras Nagy”, se dijo antes de entrar al salón.

Si mañana debía desaparecer, este encuentro sería lo último que tendría en la mente y tenía toda la intención de hacerlo memorable.

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2 comentarios sobre “Dentro de la mente de Sorel

  1. Enhorabuena por la publicación en papel!!!
    Sepa usted, señorita Erika Fiorucci, que el miércoles estuve en El Corte Inglés de la calle Princesa y en La Casa del Libro de la calle Gran Vía de Madrid (España), y que en el primero estaban agotadas las dos novelas, mientras que en el último solamente quedaba un ejemplar de Cuatro días en Londres.
    Espero que sigas teniendo mucho éxito con las dos ya publicadas y con las segundas partes de ambas :)))

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