Publicado en Cosas que pasan

Feliz Navidad les desean Ciara, Aurora, Alex y Sergei

Feliz-Navidad1

¡Feliz Navidad!

Son muchas las muestras de afecto que me han llegado a través de las redes sociales y me puse a pensar en la mejor forma de dar las gracias.

Me encanta comenzar novelas nuevas. Eso de idear los personajes, sus nombres y sus historias es la parte de escribir que más disfruto. Claro, ese factor tiene su lado negativo y es que me distraigo fácilmente y que, con tantas ideas en la cabeza, me aburre terminar las historias que comienzo porque siempre hay una nueva que, en principio, parece muy interesante.

Eso es, según leí por ahí, es un gran defecto y una de las formas de mitigarlo es que, cuando estés trabajando en un manuscrito determinado y te asalten esas nuevas ideas, escribes algo rapidito para sacarte la idea de la cabeza y poder seguir trabajando en aquello que debes terminar.

Por este motivo, tengo más de cinco posibles novelas, en distintos grados de desarrollo, en mi portatil y hoy he decidido compartir un fragmento de algunas de ellas con ustedes.

No  estoy segura si algunos de estos manuscritos terminará siendo una novela. Así que si alguno les llama la atención no dejen de decirlo a ver si me animo.

Les advierto que son borradores sin revisar y que nunca les pongo título hasta que la novela está lista. Por lo que los archivos sólo tienen el nombre de alguno de los personajes.

Un dato curioso, tres de las protagonistas femeninas “en espera” son pelirrojas. Debo tener una barrera mental contra ellas…

“Ciara” surgió de una conversación con mi hermana tras un almuerzo.

ciara—¡Necesito una cita!

El convencimiento me había llegado esa mañana al recibir el correo.

Un año había pasado desde que el “Señor Basura”, como había decidido llamar a mi ex en vista de que “El que no debe ser nombrado” era un apodo ya muy trillado, se había marchado rompiendo sin ningún remordimiento una larga relación que todos, yo incluida, aseguraban que estaba destinada a ir al altar.

En esos doce meses enfrenté, en varias oportunidades, las conocidas Siete Etapas del Duelo. Había estado furiosa, en negación, deprimida, etcétera, hasta que finalmente la aceptación llegó.

No obstante, según el rectángulo de fino papel de hilo que tenía en mis manos, el susodicho se había casado en Europa y estaba notificando a todos sus “amigos” del feliz acontecimiento con unas tarjetas que incluían fotos de la bienaventurada parejita el día que intercambiaron sus votos, para más detalles, en una playa en Cerdeña, Italia.

A la luz de ese nuevo acontecimiento, mi estado de soltería, que hasta que abrí el maléfico sobre me parecía moderno y perfecto para una mujer de veinticinco años, se sentía como un fracaso, una especie de prueba que estaba fallando y en la que otros, aparentemente menos calificaciones, triunfaban.

Así que aquello de la “aceptación” ya no era tan real.

Yo podía aceptar que mi ex fuese feliz siempre y cuando yo fuese feliz primero.

“Tristan y Aurora”…En algún momento de este año me dije que quería escribir una novela histórica, pasé semanas haciendo investigación, dibujé los personajes, etc. No obstante, perdió impulso en la página 20. Definitivamente creo que no es lo mío.

Nueva York 1890

Dangerous Liaisons“Se me hizo tarde”.

Era el único pensamiento que cruzaba la mente de Aurora Haigh mientras caminaba por las oscuras calles prohibidas del bajo Manhattan; prohibidas al menos para alguien como ella, más cuando se encontraba sin compañía y ya el sol no se veía.

Pero no era sólo el hecho que fuera de noche lo que la incomodaba, aunque le hacía sentir una opresión poco familiar en el estómago. El olor de las enormes casas sin cañerías donde decenas de familias se apilaban como escombros en una sola habitación, el frío de la pobreza y la humedad de la suciedad también llevaban su cuota en su desasosiego.

Pero no eran cosas que una intrépida y arriesgada aspirante a periodista no pudiera soportar para descubrir las verdades que se escondían del otro lado de Canal Street. Claro, en esta oportunidad no había conseguido mucha información, pero la observación también era una herramienta importante, o eso, al menos, era lo que había leído.

Por enésima vez se preguntó si Nellie Bly, también conocida como Elizabeth Jane Cochrane, era regañada en su casa cuando se presentaba tarde para la cena o si temía que la ira de la sociedad cayera sobre ella si la descubrían en sitios poco recomendables.

Seguramente no.

“Sorgin”…siempre he querido escribir algo paranormal. De todos los manuscritos que tengo a medio hacer este es, tal vez, el que está más adelantado. A él recurro cuando tengo un bloqueo y siempre rinde sus frutos. De todos, este es el que estoy segura que terminaré en algún momento.  Además, la protagonista trabaja en un bar y en todas mis novelas hay un bar.

sorgin2Jueves. Siempre había sido mi día favorito de la semana por una sola razón: al bar iba suficiente gente como para no pasar la noche aburrida, pero no tanta como para que el humo y las voces me aturdieran, imposibilitándome escuchar hasta mis propios pensamientos.

Después de tres Cosmopolitan, que hacía algún tiempo habían dejado de estar de moda, y la misma cantidad de horas de conversación, el grupo chicas de la mesa más alejada de la puerta finalmente se dio por vencido. No había habido mucho movimiento de integrantes del sexo opuesto, al menos no los suficientes para atreverse con un grupo tan grande. Me dieron ganas de acercarme y darles un consejo: “si van de ligue, mejor háganlo en grupos de no más de tres, sobre todo entre semana”. No lo hice, mis secretos sobre el mundo nocturno no se vendían baratos y esas chicas no parecían ser de las que dejaban generosas propinas.

Así que, parada detrás de la barra, vi como los últimos clientes salían por la puerta despidiendo mi día favorito y acercándome más al infierno del final de la semana.

No importaba que llevase casi dos años trabajando en “El Bar”, como rezaba el letrero pintado en la parte de afuera, aunque las propinas subieran al doble, ni los viernes, ni mucho menos los sábados, podían igualar la buena vibra que los jueves emanaban.

Para alargar un poco más la jornada y evitar así pensar que estaba por acabarse, me puse a trabajar, aunque no quedaba mucho por hacer. Ya al final de la noche, aprovechando el poco movimiento, había recogido todo, vaciado los contenedores de hielo, desechado los limones picados que se quedaron sin exprimir, lavado los vasos y cerrado la caja poniendo el dinero y los recibos de las tarjetas de crédito en la bolsa respectiva que al día siguiente mi jefe se encargaría de llevar al banco. Así que me entretuve apiñando las sillas sobre la mesas, barrí el piso de madera y vacié todos los cubos de basura en una sola bolsa. De los baños y el piso se encargaría Alba, la chica de limpieza que venía por las mañanas.

“Alex”…cuando me vi en la necesidad de escribir una historia para Navidad, inmediatamente pensé en Alex y Mason. Al revisar la línea temporal noté que ese par se conoce cuando Marianne está “persiguiendo” a Vadim en Moscú, cosa que ocurre a finales de octubre, por lo que estirando la cosa podía poner el final de la historia justo en el día de Navidad. Cuando escribí 20 páginas me di cuenta que la historia completa no podía ser corta, así que lo dejé. Mason me cae demasiado bien para apresurar las cosas.

alex—¿Qué dices Alexandra? ¿Tu casa o la mía?

Esas preguntas eran tan endemoniadamente erróneas como perfecto era el sujeto que las hacía.

Samuel Goldberg Tercero era el prototipo de hombre con el que me gustaba salir: joven, bello, exitoso y con una chequera que podía pagar fácilmente los cincuenta pares de Manolo Blanik que dormían plácidamente en mi armario. No obstante, me gustaba que mi vida pareciera un capítulo de Sexo en la Ciudad y esas preguntas me hacían sentir como Holly Golitly de Desayuno con Diamantes.

No me malinterpreten, no soy del tipo de chica que sigue la regla de la tercera cita para ver la mercancía. Esperar para ver si hay algo que me haga quedarme, por lo general, me parece una pérdida de tiempo. Sin embargo, me gusta dirigir el espectáculo, sorprenderlos, decidir cuándo, cómo y con quién; y durante el transcurso de esa cena horrible en el nuevo restaurante del susodicho donde sólo servían comida orgánica y bebidas saludables – que me hacían añorar algo frito y cubierto con mantequilla al igual que un Vodka Tonic – ningún tipo de insinuación salió de mi cuerpo y mucho menos de mi boca. Por el contrario, un par de veces tuve que esconder el bostezo, por lo que mentalmente estaba buscando la excusa perfecta para escaparme del heredero de más de diez restaurantes en Nueva York y otros tantos en la costa oeste porque, siendo brutalmente honesta, me moría del aburrimiento.

“Aburrido en la cena, aburrido en la cama”, pensé y esa idea fue todo lo que necesité para tomar una decisión.

Y por último, pero no menos importante, Sergei. El “ucraniano maravilla” aún no decide con cuál rubia va a quedarse.

ApolloBailar. Es mi trabajo y lo que amo hacer. Sin embargo, hay momentos en que las actividades relacionadas con mi carrera se vuelven un penoso dolor en el trasero.

Cualquier persona medianamente al tanto de mi trayectoria pensaría que entre mis actividades favoritas estaría asistir a una fiesta para ser presentado a los benefactores de la Opera Garniere, para la que había comenzado a trabajar tres meses antes. A fin de cuentas, el alcohol era gratis, había mujeres hermosas, francesas en su mayoría, y todo el mundo se disputaba el deber de mostrar su amor hacia mi encantadora y burbujeante personalidad, mi talento como bailarín clásico y, por supuesto, el hermoso físico con el que fui bendecido por los dioses.

Esa noche yo era la estrella, el objeto de adoración y, aunque jamás lo reconocería en voz alta, todo era una porquería.

En momentos así sólo podía pensar que sería extremadamente divertido volver a ser el Sergei Petrov que todos esperaban, el que podía pasarla bien entre extraños, el alma de la fiesta, y no ese hombre que vigilaba cada uno de sus movimientos para evitar volver a caer en el negro vacío de su estupidez.

No lo iba a negar, la caída era exhilarante, llena de adrenalina, por eso era tan atrayente; pero despertar en el fondo oscuro del pozo de tus propias imbecilidades, revolcándote en la porquería que dejan consigo las consecuencias no lo era tanto.

Un razonamiento un poco dramático, lo sé, pero no menos verdadero.

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2 comentarios sobre “Feliz Navidad les desean Ciara, Aurora, Alex y Sergei

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