Publicado en Cuatro días en Londres, Tres dias en Moscu, Una Sonata para ti

Vadim, Andras y Cash nos cuentan sus planes para San Valentín

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Vadim Chekov de “Cuatro días en Londres” y “Tres días en Moscú”

Me encuentro con Vadim Chekov en NY. Con su mudanza está más ocupado que nunca así que lo espero en el aeropuerto con Polina dentro de una camioneta SUV Infiniti QX80, negra por demás, que no le conocía hasta ese momento.

Lo veo acercarse con Mikhail dos pasos por detrás.Va vestido casual: En vaqueros, una camisa de botones azul celeste (sin corbata) y una americana de lana gris plomo a juego con una bufanda anudada de esa forma que, a mí que vivo en un país donde esos accesorios no son necesarios, me parecen más complicados que un nudo marino.

Camina con soltura y determinación, creando una especie de aura a su alrededor que hace que las personas permanezcan alejadas aunque algunas, muy valientes, se le quedan mirando y sueltan una risilla nerviosa.

Un ruso de casi dos metros con un rostro de matón y una contextura que deja claro que podría encargarse de cualquier “trabajito” sólo con sus manos suele causar esa reacción.

Él mismo abre la puerta posterior del coche y se queda unos segundos, congelado cuando me ve.

¡Vaya que esos ojos grises pueden decir nada y todo cuando quieren y, además, producir un involuntario escalofrío!

Me obligo a sonreír, repitiéndome que yo lo creé y que no me asusta, sin importar cuán grandote y serio sea. Claro que todo eso es solo una charla mental para darme valor. Vadim Chekov llegó a mi vida por accidente, no lo planeé, simplemente se apareció un día, dijo: “Yo soy Vadim Chekov y esa mujer es para mí” y no me quedó de otra.

—¡Hola! —lo saludo animada—. Necesito hacerte un par de preguntas. Seré breve.

Sube una ceja y una media sonrisa que no es alegre pero tampoco despectiva aparece en su boca.

—¿Qué puedes querer saber que ya no sepas? —me pregunta con su pesado acento ruso y sin esperar respuesta de sube y cierra la puerta.

¡Si él supiera!La mitad de las veces no sé en qué está pensando. Es un misterio.

—Necesito saber qué vas a hacer para San Valentín.

—¿Cuándo es?

—Mañana.

Voltea a verme de golpe como si yo tuviese la culpa de la baja en los precios del petróleo, la sobre oferta del mercado o en las maniobras de la Opep. Sólo dice “mierda” y suelta una perorata en ruso que no entiendo. Siento la imperiosa necesidad de bajarme del vehículo, sólo que ya Mikhail lo puso en movimiento y no tengo seguro de viajes.

—No tiene que ser algo específico —Trato de disculparme. Un Vadim malhumorado no es algo fácil de manejar—. Sólo dame una idea hipotética de lo que te gustaría hacer si no te hubieses enterado de golpe.

—Pasar el día con Marianne en la cama, sin ropa y con algo de carne en  el refrigerador para cuando nos de hambre —me responde sin verme, mandando un mensaje en su teléfono—. Es más, puedo prescindir de la comida, incluso de la cama, siempre y cuando ella esté allí.

Estoy a punto de decirle, lo más sarcásticamente posible, que es todo un romántico y preguntarle qué pasó con el hombre que quería “comprarle helados en verano” a su otra mitad, dejarle escoger la película y cederle completamente el control remoto. Sin embargo, en ese momento deja de prestarle atención al teléfono, me mira y sus ojos sonríen. No su cara, tampoco su boca, sólo sus ojos y eso lo humaniza. Sigue siendo terriblemente atractivo, de esa forma absoluta e imponentemente masculina que hace que toda tu piel tiemble, pero sonriendo sin querer ya no es tan aterrador.

—Marianne lo mejora todo simplemente estando allí.

Y yo sonrío también, aunque no con los ojos sino con toda la cara. No hay nada mejor que la visión de un hombre como ese, absoluta y completamente enamorado. Te hace recuperar la fe en el mundo.

—No obstante, San Valentín no es sobre lo que nosotros queremos, que en mi caso es lo mismo cualquier día de la semana; es sobre lo que ellas quieren —dice con su tono plano de negocios y la magia desaparece—. Un día más en el calendario para demostrarles que son la razón por la que salimos de la cama cada mañana esperando regresar a ella cada noche a hacer cosas verdaderamente divertidas que, por cierto, no involucran flores ni ositos de peluche —me mira y vuelve a sonreír—. ¿Qué crees tú que Marianne quiera?

“Lo mismo que tú si mal no recuerdo”, pienso.

—Ir a París.

—No —dice tajante—, y tú sabes muy bien que no es el momento adecuado, aunque…

Se queda pensando y le suelta algo a Polina otra vez en ruso que, por cierto, suena a orden.

—¿Cambiaste de opinión?

—Nos vamos a Praga.

—¿A Praga? ¿Por qué a Praga?

—Es una ciudad hermosa y creo que romántica —se encoje de hombros como si no entendiera completamente el significado de la palabra—. Nadie me conoce y no hay paparazis; por lo que puedo tomar a Marianne de la mano, caminar con ella por las callecitas, almorzar en U Chlupatýho ducha, llevarla a todos esos sitios turísticos que le encantan y tomarle una foto en cada uno de ellos.

—¿Pedirle por enésima vez que se case contigo?

—Eso sería demasiado previsible.

Vuelve a sonreír y decido que me gusta este Vadim que sonríe a cada rato y hace planes que no involucran orgasmos, aunque él esté convencido que lo hace parecer “un pusilánime infeliz” o “un maldito cabrón”

— Sí, Praga suena bien —dice para sí mismo—. Marianne y to necesitamos…

—¿Follar en Praga? —completo antes que él lo diga porque sé que tarde o temprano tiene que soltar algo así. Puede estar domesticado pero sigue siendo el mismo boca sucia de siempre.

—Necesitamos una foto en Praga —corrige él con una sonrisa pícara—. El lugar donde la haga gritar mi nombre no importa, siempre y cuando me permita seguir haciéndolo…para siempre.

Llegamos al Upper East Side donde está su ático. Mikhail detiene el coche y se apresura para abrir la puerta.

—Gracias —me dice y si hay algo que sé de él es que esa palabra no está frecuentemente en su vocabulario por lo que me siento afortunada—. ¿Hay algún sitio al que pueda acercarte?

—Ya que estoy en la ciudad, me gustaría ir a Greenwich Village.

—Misha te llevará —dice y desciende del vehículo. Antes de cerrar la puerta como que recuerda algo y se vuelve—. ¿Tienes pensado visitar a Sergei?

—Tal vez.

—Dile que lo estoy vigilando.

—Yo también.

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Cash McIntire “Una Sonata para ti”

Cuando Misha me deja frente a ese bar en Greenwich Village llamado Impovisación me lanza una miradita extraña.

—¿Estarás bien tú sola en este lugar?

—Es de día —le digo por toda explicación mientras doy un para apearme de esa monstruosidad de coche.

Cierro la puerta y comienzo a caminar hacia la entrada pero la Infinity no se mueve. Ese ruso se toma la seguridad de todos a su alrededor más seriamente que Vladimir Putin su encuentro con Poroshenko. Antes de entrar solo agito la mano en señal de despedida.

Se podría pensar que un bar como Improvisación se vería “decadente” cuando está vacío y con las luces de trabajo encendidas; que el olor remanente de alcohol derramado, humo y otras cuantas cosas sería desagradable. Sin embargo, es más como estar en un teatro detrás de la cortina antes que el espectáculo comience. Una magia completamente diferente, íntima.

Cash y los integrantes de su banda están allí sobre la improvisada tarima ensayando. Mason está sentado a horcajadas en una de las sillas con un cigarrillo entre sus dedos y una botella de Patrón estratégicamente colocada en el piso frente a él. Sé que no es mi objetivo, que Mason probablemente nunca tenga su historia porque es el perfecto personaje secundario y sus idas y venidas están entrelazadas con las de otros. Él es un contrapeso y, aun así,  camino hasta él y me le paro al lado. Como toda una adolescente eesperando que me note.

Finalmente levanta su cabeza rapada, me ve de arriba a abajo y dice solamente “hola” con esa voz de tenor del infierno y las rodillas se me vuelven de gelatina. No escucho la voz de Cash, no sé si la banda sigue ensayando.

—No sabía que venías.

Salto cuando escucho la voz de Cash y me obligo a sonreír. No me gusta Cash…

El “paquete” es precioso. El tipo de hombre con el que salía cuando iba a la universidad: alto, delgado pero definido, con el cabello color chocolate hasta los hombros, los ojos color miel y esa expresión despreocupada que parece prometerte un buen rato, solo uno… Todo un estereotipo rockero. Sólo yo sé que es oscuro y tiene toneladas de asuntos pendientes. Sólo yo sé todo lo que sufrí y lloré por su culpa. Sólo yo sé que cambié su final tres veces porque no estaba segura si merecía una oportunidad. Sólo yo sé que quise matarlo.

—Quería hablar sobre San Valentín.

—¿Quieres una cita? —se sienta en una silla, se pone las manos en la nuca y se estira como un gato. La camiseta se le sube dejando al descubierto un camino feliz de vello claro que desaparece en la frontera de sus pantalones de cuero.

Si yo les contara lo que hay debajo de esos pantalones de cuero…

—¿Contigo? ¡Ni jugando! —digo volviendo al tiempo presente y recordándome que este sujeto es un experto, así que mejor me concentro en mis preguntas—. Hablo hipotéticamente, si estuvieras con alguien, si quisieras conquistar…

—No salgo con nadie. Yo por lo general solo entro —suelta una risita—. Aunque si te gusta Mason…

Quiero pedirle que deje de ser tan cínico, deseo advertirle que tiene que prepararse, que su tiempo está por venir, que será golpeado por un rayo y eso le hará cuestionar su escala de valores, la perspectiva en blanco y negro que tiene sobre las relaciones; pero decírselo arruinaría la sorpresa.

—Si realmente te importara alguien, te hiciera sentir una calorcillo extraño en el pecho, ¿qué te gustaría hacer? —insisto.

De manera ausente se toca ese lugar un poco a la izquierda del centro de su pecho, allí donde se supone que está el corazón, como preguntándose si todavía late, si aún es capaz de hacer algo máss que la simple sístole y diástole.

—Cocinaría para esa persona, la alimentaría, y luego veríamos un maratón de The Walking Dead —lo dice muy serio, sus ojos transformados en caramelo caliente, como si sólo la posibilidad de estar tan cerca de alguien le molestara—. Sería una tarde tranquila, inocente, porque la gente que verdaderamente importa debe inspirarte el deseo de cuidarla y protegerla. Follarte a alguien es una necesidad, el amor de verdad debe trascenderlas.

Por un momento siento el ardor de las lágrimas en el fondo de mi garganta porque esa es la respuesta de un niño que nunca se sintió amado y que anhela el amor como algo puro porque nunca lo ha recibido.

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Andras Nagy, “Una Sonata para ti”

Con Andras me cito en la Ópera Nacional de Hungría. Es uno de esos teatros antiguos, llenos de magia, todo rojo y dorado, con su enorme lámpara de cristal en el techo pintado a mano. La persona que me esperó fuera mi guía hacia uno de los palcos laterales y me dice que “el maestro” estará conmigo pronto.

No me molesta la prosopopeya ni el tiempo de espera. A fin de cuentas es Andras Nagy y no hay nada que le guste más que hacer una entrada dramática.

Pasados 15 minutos llega queriendo aparentar que estár apurado y apenado. Sé que no es así. Andras presume de lo que es, a fin de cuentas se esclavizó frente a un piano desde que era un crío, renunciando a una vida normal sólo para ser la estrella que es hoy.

—Maestro —lo saludo con una inclinación de cabeza porque sé que le gusta el protocolo.

Se me había olvidado que es apuesto. Con el cabello deliberadamente desordenado, una barba de dos días y unas manos preciosas, grandes, de dedos largos. Andras Nagy es una mezcla de una exótica belleza húngara con el refinamiento de un artista. Sus ojos hablan de cierta furia salvaje mientras sus maneras te hacen sentir cómoda.

—Disculpa la espera —dice y el acento me golpea. Si no se viera como se ve, sólo por el acento le perdonaría cualquier cosa. Se sienta a mi lado en una de las butacas, pone los codos sobre los muslos y entrelaza los dedos bajo su barbilla—. Dime qué puedo hacer por ti.

“No me des ideas”, pienso y luego recuerdo que Sorel me arrancaría los ojos y, como a la rana René, se me pasa.

—Quería saber si tenías algún plan especial para San Valentín.

Se ríe dejando caer los brazos y echando la cabeza hacia atrás.

—Lo estoy planeando desde principios de enero.

—Cuéntame, dímelo todo.

—Empecé a orquestar la sonata de Sorel. Tenía planeado traerla aquí, cuando el teatro estuviera vacío y, de repente, ¡zas! —golpea ambas palmas como un gitano y me sobresalto. Se me olvida que él es todo teatro y drama—, se abriría el telón y la orquesta comenzaría a tocar.

—Guao —digo porque me parece grandilocuente, dramático y romántico. Total y absolutamente Andras, sólo que la depositaria de ese gesto es un poco arisca y siento que es mi deber advertirle—. Es maravilloso pero…

—Lo sé, lo sé —se pasa las manos por el cabello dejándolo más desordenado que al principio pero, extrañamente, parece que el desastre lo hizo un estilista-. Sorel no es del tipo de persona a la que puedes forzar mostrar sus sentimientos en público, tampoco le gusta que le muestres los tuyos. En el mejor de los casos se daría media vuelta y me dejaría solo.

—¿Entonces?

—Voy a tocar para ella.

Lo dice como si le fuera a bajar el cielo y las estrellas, como si escuchar al gran András Nagy en un concierto privado fuese la mejor recompensa que un ser humano pudiese obtener antes de morir.

—Estoy segura que te escucha tocar todos los días.

—No, no lo hace. Por lo general Sorel toca para mí. Ella… —suspira como si de repente todo el aire del teatro vacío fuese insuficiente para llenar sus pulmones—, ella siempre sabe qué tocar. Cuando estoy cansado, cuando he tenido un mal día. Es como un instinto: me ve llegar y si hay algo que necesito, algo de lo que tal vez ni siquiera yo me he dado cuenta, lo convierte en música. Cada nota que sale de sus dedos está viva y evoca un sentimiento. Sorel es magia hecha mujer.

Insisto, no hay nada más hermoso que un hombre enamorado.

—Quiero intentar hacer eso por ella en San Valentín, hacerle ver con música que me ha cambiado, que vivo gracias a ella y que la amo. Tengo todo el escenario preparado —nuevamente vuelve a poner los codos sobre los muslos y se acerca a mí con un aire de confidencia—. Mi papá se la va a llevar para revisar una pieza. Nunca pensé que esos dos se llevarían bien pero el viejo Zsolt la adora, lo tiene amarrado a su dedo meñique. Ordené tres docenas de velas grandes y gruesas, de esas que ponen en las iglesias, y las voy a colocar alrededor del piano, pétalos de rosas también y cuando entre comenzaré a tocar.

—¿La sonata?

—No, el Scriabin. Con esa pieza comenzó todo y quiero trasmitirle lo que ella me hizo sentir la primera vez que la vi, quiero que sepa que no lo he olvidado, que fue el momento más maravilloso de mi vida.

Personalmente quiero suspirar…

—¿Crees que le agrade? Todos esos sentimientos juntos pueden ser mucho para ella?

—Sorel siente más intensamente que cualquier persona que conozca sólo que no le gusta que la gente lo sepa. Si estamos solos, si somos ella y yo, ese escudo de cinismo desaparece y me siento dichoso porque solo yo sé quién es la verdadera señorita Anglin. Ella es mía y yo soy suyo.

Bolle

Una viaje a París

Estoy en Montmartre, justo al frente de la Iglesia del Sagrado Corazón (una de mis favoritas) y ese lugar me trae recuerdos. Camino por sus calles, con los pintores en cada esquina, y tengo la tentación de hacerme un nuevo retrato.

Pero soy una mujer con una misión así que sigo mi camino.

En una callecita hay un estudio de ballet y sé que Sergei estará allí y no en los grandes salones de la Opera Garniere.

Lo veo por una ventana enorme que está al frente. Hay otras personas allí, disfrutando del ensayo aunque no formen parte de él  y no puedo evitar sentir la inconsciente corriente de excitación que corre entre ellos con solo ver al divo del cabello negro y los ojos azules, al chico malo del ballet que todos quieren odiar y amar al mismo tiempo. Tal vez muchas de esas personas no saben quién es y no hace falta porque simplemente se dan cuenta que es grandioso sea cual sea su nombre.

Aunque está en ropa de trabajo y con el cabello sudado pegado a la nuca, Sergei Petrov es todo un espectáculo y eso que ni siquiera está bailando.

Está ayudando a entrenar a una niña, una adolescente y, aunque el ucraniano se muestra casi tiránico, la chica, que parece una gitana de feria, nunca se desmorona.

A pesar de su edad hay una serenidad en ella al bailar, cierta magia que es como si los reflectores estuvieran encendidos y tuviese un seguidor frontal solo para ella.

Me obligo a dejar de verlos y paso revista al salón. En una esquina hay una mujer sentada en el piso. No les presta atención, está dibujando algo, concentrada en su trabajo y no en el monumento de hombre con poca ropa que tiene al frente, tampoco en el talento de la chica.

La mujer es hermosa, como un hada, pero no de las buenas como campanita, sino de esas que te hacen bailar hasta que tus pies sangran. Viste un poco estrafalario como si hubiese heredado su guardaropa de Ditta Von Tease, también el maquillaje. Su cabello oscuro está arreglado como si acabase de llegar a través de un portal directamente desde los años veinte.

Sé mucho sobre ella. Sé que tiene en una de sus muñecas un tatuaje que se asemeja a un brazalete con dos letras G entrecruzadas, sé que le han ocurrido, por su propia culpa, muchas cosas feas y, aunque se arrepiente de la mayoría no se avergüenza. Sé que es fuerte y que extraña a alguien. Sé que es naturalmente rubia aunque lo esconda. Ella me gusta aunque en un principio me resultara odiosa.

En el salón hay un piano y otra mujer está tocando para que Sergei y la niña sigan practicando. Emana de ella una vibra estilo Valkiria. Toda rubia e imponente; seria. Esa es su fachada que, deja caer unas cuantas veces cuando lanza una mirada nerviosa a Sergei y su compañera.

Debo dejar de espiar como una acosadora. Entrar allí y preguntarle al “chico problema” qué hará para san Valentín. Hay dos respuestas posibles: quiere pasarla en un sofá comiendo comida china y viendo tele, con esa comodidad que da el día a día y ese tipo de amor sublime que vive dentro de las personas sin que su presencia sea notada; o quiere salir a bailar y terminar la jornada siendo apasionado con alguien, divertido y, de una manera diametralmente opuesta a la anterior, feliz.

Soy yo la que no está lista para la respuesta porque cualquiera que sea el caso no me sentiría cómoda dejando la otra opción afuera. Quiero que Sergei tenga todo, la fama y el hogar; la pasión y el amor; la cotidianidad y la aventura; pero en la vida hay que elegir un camino.

Así que le lanzó una última mirada antes de huir solo que en ese momento él levanta la cabeza y me ve y, aún en la distancia, el azul de sus ojos me atrapa porque es, al mismo tiempo, intenso e inocente; porque él es hermoso y frágil; porque está caminando en el borde del abismo y quiero salvarlo y hacer que caiga de una vez.

No, no estoy lista.

Me llevo los dedos a la boca y le lanzo un beso. Sergei me mira primero preocupado y luego sonríe como un niño que le robo a otro su regalo la mañana de navidad, con malicia e inocencia

Ar revoir“, amigo mío” digo bajito y decido ir a hacerme ese retrato.

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8 comentarios sobre “Vadim, Andras y Cash nos cuentan sus planes para San Valentín

  1. Por dios mujer que tu me dejas con más dudas que respuestas. Por lo que veo estas entrevistas son de antes de un libro para Cash. Ame la frase de Andras sobre Sorel. Y ya en muero por leer más sobre Sergei

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  2. me gustaría saber si habrá una continuación para tres días en Moscú si al fin podrá haber una oportunidad para Sergei y también para Polina . Seria una pena que se acabe así .
    también me gustaría saber si te publicaran algún libro pronto .

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