Publicado en Un libro para Cash

Extra, extra…Una escena que, tal vez, jamás suceda

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Con motivo del cumpleaños de Vadim Chekov en días pasados (16 de noviembre) busqué desesperadamente en mi mente una escena extra que lo involucrara. Lamentablemente, fue esta la que aparecía una y otra vez.

Tal vez nunca ocurra. Todo dependerá del rumbo que tome la historia de Sergei si algún día la termino. Las cosas podrían cambiar, la misteriosa rubia desaparecer y Gabrielle tomar su lugar. Sin embargo, quise escribirla tal cual y como apareció en mi mente…espero que la disfruten.

(Ojo…la escribí directo aquí en el blog esta mañana. Así que disculpen los errores. Si en algún momento pierden la paciencia, imaginen lo que sienten los editores de HQÑ)

Gabrielle nunca se había sentido cómoda entre mujeres. Las “reuniones de chicas” no eran lo suyo, aunque debía reconocer que las de este grupo eran entretenidas. Todas eran tan diferentes que cualquier conversación podía tomar un  rumbo inusual: la periodista que hablaba sin parar, como si no hubiese un filtro entre lo que pensaba y decía; la hermosa presentadora de televisión tan directa que hacía de la honestidad una nueva manera de expresarse; la hadita malvada que, a pesar de su aspecto punk, tenía una filosofía extraña de la vida; la callada rubia francesa, más incómoda que ella entre estas personas, y, por supuesto, su hermana.

Georgia, la persona más importante en su vida y a la que más daño había hecho. Necesitaba decirle la verdad antes que las cosas siguieran progresando, pues si volvían a estar tan cerca como cuando eran niñas sería más difícil revelarle la clase de persona que había sido, la traición que la había empujado a tomar sus pertenencias e irse.

Tomó un trago del Appletini que tenía al frente. Esos cocteles frutales no eran lo suyo, pero prefirió ir con la corriente y ordenar lo que las anfitrionas estaban bebiendo.

Miró hacia la barra donde los hombres tomaban tragos de vodka haciendo un extraño brindis cada vez. Alguien debería cobrar admisión solo por el privilegio de verlos. Al igual que sus mujeres, eran tan distintos uno del otro pero, aún así, tan bien parecidos que si comenzaban a bailar y a quitarse la ropa seguramente harían una fortuna y desatarían en la ciudad una epidemia de lujuria colectiva digna de ser estudiada por la OMS.

Vadim Chekov era la personificación de la masculinidad, un ruso con malas pulgas y una espalda de infarto que Gabrielle se moría por tatuar; Sergei Petrov, un principe de cuentos de hadas con una pizca de maldad; Andras Nagy un divo de belleza exótica y un acento que podría lograr que hasta las rodillas de la mujer más casta se volvieran de gelatina; Cash McIntire, angel y demonio, novio devoto y estrella de rock. Todavía no terminaba de agradarle, le recordaba mucho a ella misma, una especie de Dr. Jeckyll y Mr. Hyde moderno. Que fuera el novio de su hermana le quitaba todo su buen aspecto, convirtiéndolo en un villano de cuentos. Todavía no entendía como Georgia, su cerebral, lógica y hermosa hermanita, había caído en manos de ese sujeto, pero lo mantendría vigilado.

“Te estoy vigilando Cash. Si le haces daño te descuartizaré con mis propias manos”, pensó antes de seguir con su exploración de la masculinidad circundante, sin reparar en la voz en su cabeza que le repetía que era una hipócrita, que el mayor daño, la traición más fea, la había cometido ella.

Su mejor amigo Bernard, quien ahora conversaba con Cash,  debería salir en el diccionario al lado de la frase “francés adinerado”. Parecía haber salido de una película antigua y aunque no era clásicamente hermoso (y ella había dejado de verlo como un hombre hacía algún tiempo) tenía ese aire de “hago lo que quiero y lo disfruto” que inmediatamente atraía a la gente. No obstante, Bernard era más que eso. La bestia que habitaba en su interior estaba contenida, pero siempre a un paso de salir a flote y las mujeres, por lo general, podían sentirlo directamente en sus ovarios, solo que en vez de correr asustadas, se sentían extrañamente atraídas. Eso hablaba muy mal de instinto de supervivencia de algunas de ellas.

Mason estaba a su lado y Gabrielle no pudo evitar sonreir. Había cambiado mucho en los últimos años, pero si mirabas bien dentro de sus ojos aún podías encontrar a ese jovencito serio y galante que te abría las puertas y se sentía inmensamente agradecido si lo dejabas tocarte.

Al final de la barra, conversando distraídamente con sus vecinos, estaba Josiah. El ex de su hermana también había cambiado. Sí, seguía teniendo ese aspecto pulido y sobrio de cuando era un adolescente, que te decía que estaba destinado a una universidad importante, a una carrera importante, a vivir en medio del lujo y las convenciones en las que había crecido, pero que podía cometer una que otra infracción y disfrutarla. No obstante, era un hombre ahora y Gabrielle se preguntaba si, al igual que cuando eran niños, todavía se sentía tentado a cometer esas indiscreciones que habían terminado por arruinarle la vida a ella.

Sacudió la cabeza. Hoy no era el día de pensar en ello.

-¿Qué sucede? -le preguntó Georgia.

Inmediatamente Gabrielle puso su mejor sonrisa de broma. Tal vez, en medio del ambiente relajado, entre tragos y rodeada de otras personas, fuese un buen momento para empezar hablar e iniciar los años de disculpas y penitencia que le esperaban.

-No quieres saber -le prespondió.

-Claro que queremos saber -Alex se inclinó hacia ellas mientras guiñaba un ojo- , y si es escandaloso mucho mejor. De eso se tratan las despedidas de soltera.

-Ustedes lo pidieron -Gabrielle sonrió y apreciativamente miró nuevamente a los hombres cerca de la barra-. Hay siete hombres parados en esa barra de los cuales cinco me han visto, por lo menos, en ropa interior.

-¿En serio? -Sorel se volvió curiosa para ver a el desfile de bellezas que seguían acabando con la pobre botella de Grey Goose-. En esta mesa hay seis mujeres, si dormiste con Andras eso significaría que  50% de nosotras ha tenido sexo con él. ¡Mi hombre es todo un mujeriego!

-Lamento decepcionarte, pero Andras está fuera de la lista. Sin embargo -Gabrielle volvió a ver a los hombres reunidos en la barra y señaló a uno-, Vadim Chekov.

-¿Qué? -Marianne se volvió a verla con los ojos como platos.

-No dormí con él, pero accidentalmente me vio en ropa interior -sonrió pícara-, y estaba tan incómodo, pobrecillo, tratando de aparentar que ni siquiera se había dado cuenta con toda esa seriedad que lo caracteriza, que di lo mejor de mi para tongonear mi tanga roja hasta que logré que se sonrojara.

-¿Vadim? -Marianne soltó una carcajada-. Hubiese pagado por ver eso.

-Cuando quieras -Gabrielle le guiñó un ojo y señaló a otro de los caballeros-. Sergei Petrov.

-No hay novedad en eso -dijo la callada rubia de la esquina- . Sergei Petrov  ha visto sin ropa a la mitad de las mujeres del universo.

-Cierto -siguió Gabrielle-, al igual que Bernard.

-Pensé que habías dicho que solo eran amigos -le dijo Georgia, curiosa.

-No éramos amigos cuando nos conocimos -Gabrielle hizo una mueca entre  coqueta y resignada.

Alex se volteó y estudió a Bernard con ojo crítico.

-Hay algo en él  -dijo muy seria-, como una advertencia, que te dice que de seguro te dará un buen rato en el dormitorio pero una sola vez.

-El problema con Bernard -Gabrielle lo miró preocupada-, es que nunca es una sola vez. -Sacudió la cabeza, como espantando un recuerdo. Bernard estaba bien ahora y ella se encargaría de mantenerlo alejado de las tentaciones. Señaló a otro de los chicos-. Lo que nos lleva a…

Todas siguieron con la vista al lugar donde Gabrielle apuntaba.

-Noooo -dijo Alex divertida.

-Fue hace mucho tiempo. Mason era diferente en aquel entonces -Gabrielle sonrió con ternura-. Solo un muchacho dulce.

-¿Cómo era Mason de joven? -le preguntó Alex curiosa.

Gabrielle se encogió de hombros.

-Virgen.

-Un momento -Marianne levantó las manos en el clásico gesto de “alto no dispare”-. ¿Le quitaste la virginidad a Mason?

-Me gustaban los vírgenes en ese entonces -dijo Gabrielle con amargura y mucho remordimiento-. Eran mi especialidad.

Todas volvieron a ver a Mason con una curiosidad no muy bien escondida. Cada una, obviamente, inventando su propio escenario en la que ese hombre enorme, tatuado y lleno de piercings fuese un joven inexperto.

-Hablaste de cinco hombres -intervino Georgia viendo a su hermana con una expresión, tal vez demasiado interesada-, y sólo has mencionado cuatro. Si excluímos a Andras, sólo quedan Cash y Josiah.

“Eres demasiado inteligente y lógica para tu propio bien, hermanita”, pensó Gabrielle.

-Y cualquiera de ellos que mencione -le respondió Gabrielle-, haría esta situación muy incómoda entre nosotras. -Se inclinó y le dio un beso en la mejilla a su hermana-. No olvides nunca que te quiero mi pequeño ratón de biblioteca -dijo y luego se volteó a ver al resto de las mujeres con su sonrisa aprendida- .¿Quién quiere otra ronda?

Mientras Gabrielle caminaba hacia la barra a pedir las bebidas una sola palabra se repetía en su mente: Cobarde.

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8 comentarios sobre “Extra, extra…Una escena que, tal vez, jamás suceda

  1. Me encanto!!! Solo que me quede con ganas de mas, de saber como es que Gabrielle regresa y casi puedo apostar mi riñón izquierdo a que el último de la lista es Joshia. Erika tus historias son adictivas y las amo a todas y cada una. Amo con especial locura a Gergia y Cash, aunque más a Cash claro. Espero con ansias él libro de Sergei
    Besos desde México

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  2. Erika una Venezolana me hizo llorar a mares y ahora otra Venezolana me hace reir en cada libro que leo gracias por eso,gracias por eso Erika, un libro para Cach lo e leido como diez veces y sigue haciendome reir amo a Georgia es divertida y no puedo parar de reir con sus ocurrencias.

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